El 6 de octubre de 2002, los Gigantes de San Francisco entregaron la pelota a Liván Hernández con la temporada en juego. Atlanta dominaba la Serie Divisional por dos victorias a una y necesitaba un triunfo para avanzar. El cubano respondió con ocho entradas y un tercio en una victoria de 8-3 que obligó a disputar un quinto encuentro.
Liván permitió ocho hits y tres carreras limpias, concedió dos boletos y ponchó a seis bateadores. Retiró 25 de los 27 outs que San Francisco necesitaba, una carga de trabajo especialmente valiosa para un equipo que debía ganar y prepararse para volver a jugar al día siguiente.
Su rival en el montículo era Tom Glavine. Atlanta había colocado a uno de sus grandes abridores en posición de cerrar la serie, pero la ofensiva de los Gigantes respondió temprano y Hernández se encargó de administrar la ventaja. El partido tomó un rumbo favorable para San Francisco desde las primeras entradas.
Rich Aurilia contribuyó con un jonrón de tres carreras en el tercer episodio. Los Gigantes llegaron a disponer de una diferencia de 7-0, lo que permitió al derecho cubano trabajar con respaldo, aunque todavía quedaban suficientes entradas para que los Bravos intentaran reaccionar.
Liván Hernández llevó el juego hasta el noveno inning
Atlanta consiguió anotar, pero no logró convertir su ofensiva en una remontada. Hernández continuó avanzando en el encuentro y alcanzó el noveno capítulo antes de salir. Su permanencia evitó que San Francisco tuviera que resolver varios innings con el bullpen en un partido de eliminación.
La actuación tuvo dos efectos concretos: mantuvo a los Gigantes en la serie y redujo la cantidad de outs que debieron buscar sus relevistas. Después de perder el tercer juego por 10-2, San Francisco necesitaba una respuesta que combinara producción ofensiva y estabilidad desde el montículo. Recibió ambas en el cuarto encuentro.
La serie regresó a Atlanta empatada a dos victorias. Los Gigantes ganaron el quinto partido y completaron la remontada, cerrando un enfrentamiento en el que habían quedado a una derrota de la eliminación. El trabajo de Liván fue el que les permitió llegar a esa última oportunidad.
Cuando se revisa la historia de los cubanos en las Series Divisionales, aquella apertura merece un espacio propio. Hernández recibió la pelota sin posibilidad de aplazar la respuesta y entregó más de ocho entradas. Su victoria dejó abierta una temporada que, antes de comenzar el partido, podía terminar esa misma tarde.

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