Hay una narrativa que se repite año tras año. Que si la NFL es la liga más poderosa del planeta. Que si la NBA tiene a las estrellas más mediáticas. Que si la MLS está explotando con Messi y compañía. Pero cuando uno se sienta a mirar los números oficiales de asistencia a los estadios en 2024, la verdad salta como una recta pegada a los codos: el béisbol, ese mismo al que muchos quieren enterrar, sigue siendo el deporte que más gente mueve en los Estados Unidos.
Setenta y un millones. Lo repito: setenta y un millones trescientos cuarenta y ocho mil trescientos sesenta y seis personas (71,348,366 ) asistieron a los estadios de Grandes Ligas durante la temporada regular. No es un estimado. No es una proyección. Es un número oficial de MLB. Y si eso no es suficiente para silenciar a los agoreros de la decadencia, entonces no sé qué lo será.
La NFL, esa maquinaria perfecta de mercadeo y espectáculo, registró cerca de dieciocho millones de asistentes en total. La NBA, con todos sus Giannis, Stephs y Lebrons, movió unos veintidós millones. La NHL, que se mantiene firme entre los leales del hielo, apenas superó esa cifra. Y la MLS, con todos los reflectores puestos en Inter Miami, Messi y el boom del fútbol en suelo americano, llegó a poco más de once millones. Es decir, todas esas ligas —sí, todas— se tendrían que juntar para acercarse al impacto del béisbol en las gradas.
La pelota ha cambiado, claro que sí. Hay reloj para los lanzadores, las bases son más grandes, se limitaron los shifts, y los juegos duran menos de tres horas. Ya no es ese deporte interminable que desesperaba a las nuevas generaciones. Se ha modernizado, pero sin perder su esencia. Y la gente ha respondido. Los estadios están más vivos que nunca. Se ven caras jóvenes, se escuchan niños con guantes esperando pelotas de foul, se sienten familias enteras viviendo la experiencia. Eso no lo cambia ningún algoritmo.
¿Que la NFL tiene más rating en televisión? Seguro. ¿Que la NBA domina TikTok e Instagram? También. ¿Que la MLS tiene crecimiento? Sin duda. Pero lo del béisbol es otra cosa. Es tradición. Es verano. Es la voz del locutor entre jugada y jugada. Es el hot dog, la cerveza fría, el sonido del bate quebrando el silencio. Es cultura. Y esa cultura sigue atrayendo a millones, incluso más que las ligas de fútbol más importantes de Europa.
¿El béisbol solo manda en Estados Unidos?
La Premier League, la Bundesliga, LaLiga, la Serie A… todas tienen estadios llenos y pasión sin discusión. Pero ninguna, ni siquiera la liga inglesa con sus catorce millones de asistentes, supera lo que hace MLB en una temporada regular. Ni en casa ni afuera le quitan la corona.
Muchos analistas de escritorio seguirán diciendo que el béisbol ya no es lo que era. Que es un deporte viejo. Que no conecta con los tiempos modernos. Pero ahí están los números, tercos, innegociables, poniéndole el dedo en la boca a más de uno. Porque mientras ellos hablan, el béisbol sigue llenando estadios.
Puede que haya evolucionado. Puede que haya cedido espacio en los medios. Pero en el alma de este país, en las gradas, en la piel del verano, el béisbol sigue mandando. Y eso no es nostalgia. Es un hecho.
Y como me dijo una vez un viejo scout en un juego de ligas menores: el día que el béisbol se muera, se va con él una parte de lo que somos. Pero tranquilo, eso no va a pasar todavía. No mientras la gente siga cruzando los torniquetes como lo hizo este año. No mientras se siga jugando a las siete, con luces encendidas y corazones encendidos. No mientras siga habiendo niños que sueñan con ser el próximo Ohtani o Acuña.
El béisbol sigue aquí. Más vivo que nunca. Y todavía es el rey. Les guste o no.