El marcador fue claro: 6-5 en 11 entradas a favor de los Mets. Los Marlins perdieron su último juego de la serie en casa. Pero lo que no dice el resultado es el contexto: en un lado del campo, un equipo cuyo roster activo cobra 41 millones de dólares. En el otro, Juan Soto, que gana 61.8 millones él solo.
Ese dato debería bastar para anticipar un desenlace predecible. Pero no lo fue. Miami peleó cada lanzamiento, respondió cada hit y estuvo a punto de llevarse un juego que, por nómina, no tenía derecho a disputar. No ganó, pero hizo que los Mets se lo tuvieran que ganar.
Con ventaja 4-1 en la octava, Calvin Faucher parecía encaminado a cerrar otra noche positiva. No había permitido jonrones desde 2023. Hasta que apareció Pete Alonso. Después de una batalla de pitcheos, cuatro fouls seguidos, Alonso conectó un cuadrangular monumental al jardín central. Empate. Estalló el estadio… y cambió el partido.
Más tarde, en el inning 11, un boleto con bases llenas y un error de Xavier Edwards terminaron sellando el destino del juego. Así es el béisbol. A veces, incluso cuando haces casi todo bien, el juego encuentra la forma de voltearte la cara.
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¿Quién destacó en el montículo de los Marlins?
Pero dentro de todo eso, hubo una actuación que merece destacarse. Connor Gillispie, en apenas su segunda apertura en Grandes Ligas, se enfrentó a una de las ofensivas más caras y peligrosas del circuito… y salió con la cabeza en alto. Cinco entradas, una sola carrera permitida, seis ponches, ningún boleto y un dominio casi total.
En el primer inning le pegaron, sí. Soto y Alonso lo castigaron con un hit y un doble consecutivo. Pero de ahí en adelante, se recompuso. Se mantuvo firme. Retiró a 14 de los últimos 16 bateadores que enfrentó y coronó su salida ponchando a Francisco Lindor con su último lanzamiento del juego. Un aplauso merecido al salir del montículo. Lo había ganado.
“He trabajado toda mi vida para esto”, dijo Gillispie con calma, como si entendiera que las oportunidades no llegan dos veces para lanzadores como él.
La ofensiva de los Marlins tampoco se rindió. Fabricaron carreras aprovechando errores rivales, con corrido agresivo de bases, con pequeños detalles. Edwards tuvo una noche de cuatro imparables, aunque el error final en el onceno fue suyo. Conine conectó tres hits. Se jugó con energía, con inteligencia. Se perdió, pero no por falta de entrega.
Los Marlins ahora hacen maletas rumbo a Atlanta, donde los esperan unos Bravos que han tenido un comienzo de temporada que ni Nostradamus se habría atrevido a pronosticar: siete derrotas sin una sola victoria y hundidos en el sótano de su división. ¿Quién lo iba a decir? Y aunque las apuestas digan lo de siempre, será el terreno el que tenga la última palabra. A veces, lo más caro no siempre es lo mejor. A veces, el que menos tiene es el que más da.