Por OSNIEL VELASCO HERNÁNDEZ
Dicen por ahí que las casualidades no están escritas. Nadie, ni siquiera él, imaginó que aquel pelotazo, salido de su propio bate, tras un foul, le traería tan malas consecuencias.
Tanto fue así que siguió en el juego como si nada, pero unos días después, el tercera base de Artemisa, sintió un tirón tras salir disparado hacia primera base. Esa fue la llama que encendió la mecha de los malos ratos que ha pasado Lázaro Hernández.
“Al lesionarme el muslo, debí salir del juego y luego fui para la sala de fisioterapia a tratar de recuperarme lo antes posible para regresar al terreno, pero luego de varias sesiones de corriente, la pierna comenzó a hincharse y no se detuvo hasta que se desarrolló una tremenda linfangitis”, recuerda Lazarito.
Justo en el lugar del pelotazo la infección se hizo mucho más aguda, e incluso debió ir al Hospital Comandante Pinares, de San Cristóbal, para que le drenaran y luego le curaran el pie en reiteradas ocasiones.
“El médico del equipo nacional de béisbol me trató y me indicó penicilina para la infección, luego me envió al hospital de San Cristóbal para recibir los otros tratamientos; allí me han atendido de maravillas, la verdad.
“Por ahora solo puedo poner de mi parte para recuperarme y estar listo para la próxima temporada, los médicos me dijeron que ya no podría incorporarme este año, pues cuando salga de esta primera parte, entonces me indicarán los procedimientos para tratar la lesión del muslo.
“A mis compañeros los apoyaba desde casa, veía los juegos por la televisión y la verdad quería estar allí con ellos para enfrentar buenos y malos momentos; lamentablemente no pude. Trataré de recuperarme lo mejor posible, para el año que viene estar al ciento por ciento.
“La verdad ya estoy loco por salir al terreno a jugar, pero sé que debo tener paciencia, estas lesiones no se curan en un día, el ánimo lo tengo bien alto y cuando vuelva saldré con las mismas ganas de siempre a dar lo mejor, por mi familia y por Artemisa”, concluyó Lazarito.