La 64 Serie Nacional de Béisbol debería ser un torneo que celebrara el talento y la pasión de un país que respira pelota. Pero basta leer el reglamento para darse cuenta de que en Cuba el béisbol es mucho más que deporte: es política en estado puro. Y lo peor es que después, con la mayor desfachatez, culpan a otros de mezclar política y deporte. La evidencia está en sus propias páginas.
El reglamento establece un programa político-ideológico obligatorio. Cada equipo tiene que cumplir visitas a lugares históricos, museos y centros productivos, como si ganar un juego dependiera de recitar discursos patrióticos. Nadie se salva: jugadores, árbitros, comisarios. Todos deben firmar el Código de Ética del Béisbol Cubano, que más parece un juramento de lealtad que un compromiso deportivo. En Cuba, para jugar pelota también hay que profesar ideología.
A esto se suma el uso obsesivo de los símbolos patrios. El reglamento dedica un capítulo entero a cómo ondear banderas y aplicar la Ley de los Símbolos Nacionales. Claro que en cualquier parte del mundo se respeta la bandera, pero en Cuba la convierten en otra herramienta de propaganda. Si un fanático lleva un cartel incómodo, lo acusan de mezclar política y deporte. Si el reglamento obliga a convertir cada juego en un acto patriótico, eso sí es “valores”.
Reglamento de la Serie Nacional controla libertad de expresión
La mordaza también llega al terreno de la prensa y las redes sociales. Los atletas solo pueden “posicionar mensajes favorables a Cuba y su deporte”. Traducido: repetir la propaganda oficial. Está prohibido criticar a la Revolución o al movimiento deportivo cubano. Está prohibido publicar en redes si no es para aplaudir. En otras palabras: batea, corre y sonríe, pero jamás digas algo que incomode al poder.
El papel del director de equipo es otro chiste de mal gusto. No solo debe organizar la alineación o la rotación: también tiene que encargarse del trabajo ideológico y de apoyar a las organizaciones políticas. Sí, además de decidir si el zurdo abre o no, debe garantizar que el equipo esté alineado con la Revolución. Más que un manager, parece un secretario del Partido con guantes de béisbol.
El INDER mete su control en todo. Sus representantes vigilan hoteles, horarios, logística y presupuestos. No se trata de profesionalismo, se trata de vigilancia. Un béisbol atrapado en la misma lógica de control que domina la vida en Cuba.
Y como si no bastara con todo este peso político, aparece el detalle más risible: los juegos sellados por oscuridad. No se pueden encender las luces si no estaban prendidas desde el inicio. Lo curioso es que el primer juego de béisbol en la Isla, en 1874, tampoco pudo terminarse porque cayó la noche. Ciento cincuenta años después, en 2025, todavía se habla de suspender partidos por la misma razón. Por eso muchos juegos se programan a las dos de la tarde, bajo un sol insoportable, con peloteros que cobran un salario que no llega a diez dólares al mes. Un béisbol detenido en el tiempo, tanto en lo deportivo como en lo humano.
Este reglamento no defiende a los atletas ni protege el espectáculo. Es un panfleto disfrazado de reglas, un espejo de un sistema que necesita meterse en todo: en el hotel, en el dogout, en el lineup. El béisbol, que debería ser el refugio del pueblo, se convierte en otra vitrina de propaganda. Y así, con esta realidad, el verdadero partido que se juega en Cuba no es entre dos equipos: es entre la ideología que lo invade todo y la libertad que hace décadas no encuentra espacio en el terreno.

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