Clayton McCullough se equivocó anoche, y no fue una equivocación menor. No estamos hablando de una decisión cualquiera de abril que se olvida al día siguiente. Fue un error de manejo en el momento más importante del juego, en una noche donde Sandy Alcántara estaba haciendo exactamente lo que este equipo necesita de él: dominar, trabajar profundo y poner a Miami en posición de ganar un partido cerrado.
Sandy no estaba simplemente teniendo una buena apertura. Estaba armando una salida especial. Venía de una blanqueada completa en su apertura anterior, había llegado al noveno inning con ventaja de 2-0 y estaba a dos outs de volver a hacerlo. Había necesitado muy pocos lanzamientos durante casi toda la noche, había roto bates, había limitado el daño y estaba manejando el juego como lo hace un verdadero as. En ese contexto, quitarle la pelota no podía ser una decisión automática.
Y sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo Clayton McCullough.
Lo peor no fue solamente el cambio. Fue cómo se dio. El manager no fue al montículo a conversar con Sandy, ni a preguntarle cómo se sentía, ni siquiera a medir el momento. Fue a sacarlo. Sandy lo entendió antes de que llegara, y después del juego lo dejó bastante claro. “Creo que merecía que me preguntaran cómo me sentía antes de sacarme del juego”, dijo el derecho. Esa frase pesa bastante, porque no sale de la frustración vacía, sino de un pitcher que sintió que había hecho suficiente para, al menos, merecer una conversación.
Y honestamente, se la había ganado.
No estamos hablando de un lanzador descontrolado, ni de alguien sobreviviendo con contacto duro por todos lados. Sí, permitió un doble flojo y luego le dio boleto a Elly De La Cruz, pero incluso en ese momento no había en el juego una mejor opción para sacar esos outs que Sandy Alcántara. Tenía 95 lanzamientos, venía un bateador derecho, y estaba en una noche donde había demostrado una vez más que cuando encuentra ritmo, sigue siendo uno de los brazos más dominantes de la liga.
McCullough defendió la movida con una explicación muy del béisbol moderno. Dijo que Anthony Bender era “la mejor opción para ganar el juego” y que la cuarta vez por el lineup había pesado en la decisión. En papel, ese argumento puede sonar razonable. Pero el béisbol no se juega solo en papel. También se juega entendiendo quién está en la lomita, qué tipo de noche está teniendo y cuándo el juego le pertenece a tu mejor pitcher. Y anoche, ese juego le pertenecía a Sandy.
Lo que vino después solo empeoró la lectura. Bender no pudo cerrar la entrada, los corredores heredados anotaron, el juego se empató y en extra innings Cincinnati terminó rematando el daño. Es verdad que un manager no controla cada pitcheo después del cambio, pero sí es responsable del momento en que decide mover la pieza más importante del tablero. Y McCullough se la quitó a Miami justo cuando más debía confiar en ella.
Eso es lo que más preocupa de todo esto.
Los Marlins no están construidos para regalar juegos de este tipo. Este equipo va a vivir durante buena parte del año en marcadores apretados, en partidos de pocas carreras, en noches donde una sola decisión puede marcar la diferencia entre ganar y perder. Si el manager no es capaz de leer correctamente esos momentos, Miami va a perder partidos que simplemente no se puede permitir botar. Y en una temporada donde cada victoria cuenta para un equipo como este, eso pesa muchísimo.
El pitcheo de los Marlins está ahí. Sandy está lanzando como un caballo otra vez. Eury Pérez tiene el talento para ser un factor grande. El bullpen, incluso con este tropiezo, ha sido una de las fortalezas del equipo. Pero para que todo eso tenga valor real, el dirigente tiene que saber cuándo no meterse en el medio de una noche que ya estaba escrita para su as. Anoche, Clayton McCullough no lo entendió. Y Miami terminó pagando el precio.

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