La exclusión de varios medios independientes de la cobertura de la Liga Élite del Béisbol Cubano no es un hecho aislado ni sorprendente. Es, en realidad, la continuación de un patrón que lleva años presente en el béisbol de la Isla. La diferencia ahora es otra. El control se ha recrudecido. Lo que antes se aplicaba de forma más discreta, hoy se ejecuta con mayor claridad y sin demasiado esfuerzo por disimularlo.
Durante mucho tiempo, los medios independientes han llenado vacíos evidentes. Han dado seguimiento a jugadores, han contextualizado resultados y han llevado información a una audiencia que no encontraba respuestas en los canales oficiales. Ese trabajo no ha sido reconocido. Al contrario, ha sido limitado. La negativa de acceso a la Liga Élite responde precisamente a eso, a un intento de controlar el mensaje en un entorno donde cada vez hay menos control real sobre la información.
El reglamento de la competencia deja poco espacio para la interpretación. Entre sus disposiciones se establece que «no se pueden realizar manifestaciones que vayan en detrimento del prestigio del sistema deportivo o del país.» A simple vista puede parecer una cláusula más dentro de un documento organizativo, pero en la práctica es una herramienta de control. El problema no es solo lo que dice, sino lo que permite hacer.
Cuando se revisa ese punto a la luz de la Constitución cubana, la contradicción es evidente. El Artículo 54 establece que “el Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión”. El Artículo 53 reconoce el derecho de las personas a “recibir información veraz, objetiva y oportuna”, mientras que el Artículo 55 aborda el ejercicio de la libertad de prensa. Son disposiciones claras en el papel. Son derechos definidos dentro del propio ordenamiento jurídico de la constitución cubana.
Sin embargo, en la práctica, esos derechos no se respetan de manera consistente cuando se trata de opinar, cuestionar o ejercer un periodismo independiente. Existe una brecha evidente entre lo que dice la Constitución y lo que ocurre en la realidad. Quienes se apartan del discurso oficial enfrentan limitaciones constantes. El margen para opinar es mínimo, el acceso a la información es restringido y las consecuencias pueden ser serias. En muchos casos, el costo es el silencio forzado, la exclusión o la presión directa. En otros escenarios, las consecuencias pueden escalar aún más. Ese es el contexto real en el que se mueve hoy el periodismo vinculado al béisbol cubano.
Por eso no sorprende que un reglamento deportivo termine imponiendo límites que chocan directamente con la propia Constitución. No es solo una incoherencia jurídica, es una muestra de cómo se aplican realmente esos derechos. Un reglamento no puede estar por encima de la Constitución. No puede condicionar libertades que han sido reconocidas. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre cuando se introduce una cláusula abierta como “afectar el prestigio” para limitar la expresión. En la práctica, cualquier criterio crítico puede ser utilizado como motivo de sanción o exclusión.
Ese tipo de redacción no regula, condiciona. Y cuando un derecho depende de cómo se interprete una frase tan amplia, deja de ser un derecho garantizado. Se convierte en un permiso que puede retirarse en cualquier momento. Ese es el punto central del problema y es lo que convierte a este reglamento en algo que, por su contenido y aplicación, resulta incompatible con el propio marco constitucional que dice respetar.
A esto se suma otro elemento que no se puede ignorar. Los medios oficiales han optado por el silencio. No hay cuestionamientos sobre el carácter restrictivo del reglamento. No hay análisis sobre su evidente contradicción con la Constitución. Tampoco hay una defensa pública de sus propios colegas excluidos. Ese silencio no es casual. Es parte del mismo sistema que limita la expresión. Mientras se repite el discurso institucional, se evita cualquier tema que pueda generar incomodidad.
Desde Pelota Cubana USA, esa realidad se entendió hace tiempo. En 2022 se tomó la decisión de no cubrir la Serie Nacional de Béisbol. No fue por falta de interés ni por distancia con el juego. Fue una decisión editorial basada en el contexto. No se puede hacer periodismo serio cuando el acceso es limitado, cuando la información se filtra y cuando opinar con libertad tiene un costo real.
Lo de la Liga Élite no es nuevo
Lo que está ocurriendo ahora con la Liga Élite no es un cambio de rumbo. Es una profundización del mismo modelo. No se trata solo de quién entra o no a un estadio. Se trata de quién puede contar la historia completa. Y cuando solo una parte tiene acceso, la historia siempre queda incompleta.
También hay una consecuencia deportiva que no se puede ignorar. El béisbol cubano necesita visibilidad. Necesita debate, análisis y crítica. Limitar la cobertura no fortalece el sistema. Lo debilita y lo aísla en un momento donde el propio desarrollo del deporte exige lo contrario.
La credibilidad también entra en juego. Cuando la información circula en un solo sentido, el público lo percibe. Y cuando no encuentra respuestas dentro del sistema, las busca fuera. Eso no se puede controlar con reglamentos ni con restricciones.
En ese escenario, la responsabilidad recae directamente en quienes toman las decisiones. La gestión encabezada por Juan Reinaldo Pérez Pardo ha reforzado un modelo que prioriza el control sobre la transparencia, el silencio sobre el debate y la restricción sobre el acceso. No se trata de un error puntual. Es una línea de trabajo que hoy define la relación entre el béisbol cubano y la información que lo rodea.
El béisbol en Cuba siempre ha sido más que un deporte. Ha sido debate, identidad y cultura. Convertirlo en un entorno donde la expresión está condicionada no lo protege. Lo reduce.
Al final, la contradicción es clara. Se habla de derechos en los documentos oficiales, pero en la práctica esos derechos se limitan cuando resultan incómodos. Y mientras esa brecha siga existiendo, será difícil hablar de un béisbol verdaderamente abierto, transparente y conectado con su gente. Porque aquí no se trata solo de deporte. Se trata de quién tiene derecho a contar lo que pasa y quién decide hasta dónde se puede decir.

