Ayer temprano comenzó a rodar el rumor de que el camagüeyano estaba lesionado y su mentor Miguel Borroto no podría contar con él para el torneo preolímpico de béisbol de América. Al mediodía comprobé la versión con su madre, “vino para la casa porque está muy triste”, dijo Mirna Stephens. Dos horas después, en la sala de su casa, Anderson se confesó de golpe:

“Estaba muy bien, tengo el swing en su punto y defensivamente he recuperado habilidades”, cuenta mientra señala las libras que ha perdido en los entrenamientos. “Me estaba ganando un puesto en la selección con mucho sacrificio hasta que me salió el dolor. Pensé que había pisado mal en una base pero después me di cuenta que era el ‘espuelón’ que volvía a molestarme. Primero le conté a mi hermano Cepeda (Frederich) y él me acompañó a infiltrarme para seguir faja’o, pero el dolor regresó y tuve que decirle al cuerpo médico”.

Mirna le interrumpe para mostrar la placa de radiografía en la que se nota la protuberancia en el calcañar.

“En el grupo recibí mucho apoyo y los técnicos querían que me mantuviera hasta última hora, pero no quise complicar las cosas. Pedí salirme porque no quiero lucir mal, si el equipo me necesita tengo que estar a full y tampoco quiero quitarle el puesto a un muchacho que esté en mejores condiciones”.

De integrar la novena nacional, Anderson se hubiese convertido en el primer ciudadano norteamericano que representa a Cuba tras concretar un proceso de repatriación. A él ese detalle le sabe a papeleo y formalidad.

“Este año he vuelto a vivir mi pasión. El béisbol es mi oxígeno y Dios me dio la oportunidad de respirar junto a mi gente. Nunca imaginé que me iban a suceder tantas cosas bonitas con mi Camagüey y mucho menos que regresaría a la preselección nacional.

“Ahora estoy ‘en el piso’, necesito recuperarme y organizar mi vida, porque quiero seguir. Esto no es ‘picada para gallo fino’, lucharé por regresar con los Toros. Mi mayor deseo es que Cuba consiga la clasificación olímpica, porque no pierdo la ilusión de representar en Tokio a mi tierra”.

Lele recuerda que hace 25 años no tenía zapatos para entrenar para una competencia escolar y durante días lo hizo descalzo. Así pudo empezar a formarse esa espuela de calcio que le ha sacado del terreno con el alma perforada, pero… “Problemas más grandes he tenido. Yo sigo”.

(Tomado de Adelante)