Pelota Cubana

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El Salmón de la Fama Cubano

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Por: Juan Kubala

La fama puede ser un lastre formidable (si piensa que exagero, pregúntele a Macaulay Culkin o Britney Spears, Mike Tyson o Mané Garrincha). Cuando la vida privada se trastoca en vida pública; cuando el acto trivial de comprar una camiseta del Arsenal o un cachorro de Doberman pueden ser pasto para que la prensa haga su agosto; cuando ya no se puede comer la fabada de siempre en el restaurant de siempre porque siempre aparece un paparazzi fervoroso…; para entonces, la fama habrá empezado a ser una piedra puntiaguda en el zapato.

Pero claro, la fama no es nociva per se: al igual que sucede con el dinero y el alcohol, el problema reside en el modo cómo la administramos. Hay quienes han logrado llevarla de la mano, controlada, e incluso han conseguido revertirla en bien de los demás. Carlos Santana ha puesto su guitarra al servicio de los desamparados. George Clooney encabeza campañas por los derechos humanos en Sudán. Silvio Rodríguez canta en los barrios periféricos a cambio del aplauso más humilde.

De manera que satanizar la fama es tan estúpido como afanarse en el problema de la cuadratura del círculo. O como echarle Coca Cola a ese patriota venerable, Johnnie Walker. No hay razón, ni la habrá, para buscar migajas ideológicas en la despensa de la fama. Hay gigolós famosos, terroristas famosos, drogadictos famosos y revolucionarios famosos. Es por eso que no puedo entender por qué algunos sesudos (todavía a estas alturas, a las 12 con 24 minutos del día seis de julio de 2016, con mar en calma y un calor horripilante) le temen a la palabra ‘fama’. A veces me pregunto si será que les gusta ligar whiskey con refresco…

Aterrizo: hace un tiempo, los sesudos de marras propusieron que el Salón de la Fama del Béisbol Cubano se llamara Salón de las Glorias, empeñados en ver cocodrilos en la sopa de la fama. El término –elemental, querido Watson– se les antojaba muy hollywoodense, cosa ésta que choca frontalmente con su devoción por el Manual de Konstantinov y otras hierbas ortodoxas. Así que en uso de las facultades que les fueron conferidas abogaron por un cambio de nombre, y por ese camino, entusiasmados, impusieron también otra sede (porque el Vedado Tennis Club, supongo, tenía un dejo aburguesado) y nuevas cláusulas, con el fin de cerrarle la puerta a los ‘bad boys’. (Definamos ‘bad boys’: los que se fueron).

Es una triste historia de corte tropical. El Salón –que renacía después de medio siglo de inexcusable asueto– regresaba a la escena beisbolera del país cargado con el osobbo del odio al emigrante. Y el primero en pagar los bates rotos fue Antonio Pacheco, el otrora Capitán de Capitanes, quien encontró una poderosa resistencia a su elección. El tema favorito de las autoridades deportivas insulares (‘y si te fuiste, perdiste’), ratificaba su posición de cabecera en el hit parade del INDER.

Por eso, porque un Salón de la Fama no pretende inmortalizar a ciudadanos sino a peloteros; porque para alcanzar la exaltación no importan la militancia política ni el credo religioso ni la raza ni las preferencias sexuales ni la edad ni el origen social ni las buenas costumbres ni los principios éticos sino la capacidad para repartir jonrones y ‘ponchaos’…; por eso hace poco renunciaron cinco miembros a sus plazas en el Comité de Selección, y por eso el desgano mató el entusiasmo que al principio vibraba en el grupo articulado por el cineasta Ian Padrón. Aquel grupo que en noviembre de 2014 se reunió en el Latinoamericano para restablecer el templo arrebatado a la pelota.

Sin embargo, más allá de los vientos jodidamente adversos, la criatura tiene que vivir. A la espera de que se comprenda su necesidad y sentido históricos, tendrá que nadar a contracorriente y ser Salmón, en lugar de Salón. Mucho monte tendrá que romperse, mucha lobotomía habrá que practicar, pero un día caerá por su propio y retrógrado peso el estatismo que se aferra en maniatar a nuestro béisbol, amparado en el miedo ridículo a una fama que va a acompañar eternamente a Dihígo y Bragaña, Luque y Oms, Casanova y Pacheco.

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